El banco de trabajo

El bANCO dE TRAbAjO

EL BANCO DE TRABAJO
Robert Linarth*

Estamos en julio. Acaban de mandarme de nuevo al taller de soldadura, donde hace un calor asfixiante: todas las superficies metálicas se han convertido en placas de calefacción que nos rodean y desfilan ante nosotros, quemantes. Fealdad de los esqueletos de chatarra clavados, remendados, desnudos. Y siempre las llamas de los sopletes,los haces de chispas pálidas, el hierro quemado y los martillazos sobre la lámina. Las cajas se deslizan, idénticas e imperturbables, a través de lo que se ha convertido en un horno donde parece que debiéramos fundirnos y disolvernos. Vapores y formas grises, y nada que respirar más que una atmósfera tórrida, el olor espantoso de la lámina y el polvo de hierro. La ropa sucia se pega a la carnesudorosa, todo está húmedo y la transpiración me hace lagrimear. Falta un peón en el taller de Gravier: asistente del guinchero que sube las cajas del patio y las descarga en el arranque de la cadena. Será mi puesto. Los trabajos forzados en el patio han durado casi cuatro meses. Tenso detrás de mis carritos, con los ojos clavados en el asfalto, he sentido más que visto pasar la primavera y empezarel verano. Entre el hostigamiento de Danglois * Tomado del libro De cadenas y de hombres de Robert Linhart. Siglo XXI Editores, 11a. edición, México. 1993.

y las periódicas burlas de Gravier, estaba convencido de que iban a dejarme ahí hasta las vacaciones de agosto, pero han resuelto cambiarme. Aquí estoy pues al lado del guinchero, a la entrada del taller de soldadura: recibo y examino losguardafangos, los capós y las puertas, y los voy colocando sobre grandes caballetes de hierro que acompañan a las cajas sobre la cadena; las partes abolladas las mando a retocar y cuando regresan arregladas las meto al circuito. Cuando las cajas desaparecen en el túnel rodante que las lleva a la sección de pintura, las bandejas en que han recorrido la cadena son arrojadas automáticamente a un lado,donde se van apilando: a mi me toca llevar periódicamente una pila de bandejas al principio de la cadena, para que el guinchero descargue sobre ellas las cajas, al ritmo de una cada tres o cuatro minutos. El guinchero es un argelino llamado Kamel. Tendrá unos veinticinco años; usa un peinado raro, tipo Beatles, inflado y con brillantina. En el trabajo viste un overol verduzco ajustado en lacintura, pero de civil viste en forma agresiva, con un bléizer de botones dorados y zapatos puntiagudos. Tiene aspecto de chulo y dicen que lo es, que tiene amistades medio extrañas en barrios sospechosos, que muchachas muy maquilladas lo esperan a la salida, a veces. Frente a mí, su “asistente”, es francamente arrogante, y aprovecha la situación para darme órdenes y

tratarme como un lacayo. Esevidente que si ocupa ese puesto estratégico de aprovisionador de la cadena es porque ha dado pruebas convincentes de lealtad y porque tiene un concepto del ritmo de producción que a los jefes les conviene. Gravier y Antoine le tienen confianza. No tiene relaciones con los demás obreros: reina sobre su guinche y sobre la entrada del taller, dominando el patio con la mirada, activo, autoritario,alimentando la cadena sin interrupciones. Un día, durante el intervalo, hablamos de la huelga contra la recuperación y él se jactó de no haberla acompañado nunca, a diferencia de muchos “idiotas” del 86 que se enemistaron con Gravier. Le respondí con dureza, el tono subía rápidamente cuando el fin de la pausa nos interrumpió. Desde entonces no nos hablamos más que en el trabajo: él para gritarme que meapure, yo para mandarlo al diablo. Nada ha cambiado en el taller de soldadura desde aquel primer día de septiembre del 68, mi rápido paso por la soldadura al estaño. A diez metros de mi Mouloud repite indefinidamente los mismos gestos: barra de estaño, golpe de soplete, vaivén de la palita, una curva lisa (ahora sé que la impresión de facilidad es falsa, que es necesario dominar al milímetro la…